"Un año más , qué más da.
Un año más que se va!!!..."
Es la letra de una canción que es un clásico, creo que es la cumbia oficial que se oye luego del himno nacional y la cueca que tocan para el año nuevo. La oigo todos los años y ni así sé cómo van esos versos.
La cena, los fuegos artificiales por televisión, al mismo tiempo que alguien pasa con la bandeja repartiendo copas con champaña, las cucharadas de lentejas sin sal ni aliño, la torta con el cafecito, esperar a que suene el teléfono, y no pasará mucho rato en que la visita exprese su deseo de irse. Sacar el auto para ir a dejarla, rogando por no toparse con desalmados y cretinos por la ruta a exceso de velocidad y en excesivo estado de ebriedad.
Todos los años es más o menos lo mismo.
Nunca mis años nuevos fueron muy entretenidos.
Recuerdo que cuando mis abuelos paternos estaban vivos, se acordaba una cuota por persona y nos íbamos a un restaurante que tuviera cotillón y orquesta en vivo, como se estilaba en esos años. Orquesta, no DJ. Generalmente, el restaurante elegido era Calabrano, en el Km 3.5ó 4.5, ya no recuerdo, de la ruta a Santa Juana.
Se juntaba un choclón considerable. Lo entretenido para mí era que iba mi primo que es como uno o dos años mayor que yo y oficiaba como mi pareja de baile. Pero a lo que entró a la adolescencia, comía con nosotros, daba los abrazos y cinco minutos después de las doce, su papá tenía que llevarlo a la casa de algún amigo desde donde partía el carrete juvenil. Que siempre adiviné como más entretenido que tener que quedarse entre pura gente grande.
Yo como era más chica, obviamente, me quedaba con mis papás hasta que decidían irse. Como ya no tenía con quien bailar, mis tíos, mi abuelo y mi papá se turnaban para que yo no me sintiera aburrida mirando a todos los demás divirtiéndose y yo sentada sólo mirando de lejos.
Ahora, que lo pienso, fueron muy lindos conmigo.
Que tonta se es cuando no se tiene la perspectiva que dan los años, no?
Bailar con el primo tampoco tenía mucho brillo, pero era al menos como de mi edad.
Me acuerdo de una vez que fuimos en patota a esperar las doce, con la champaña y vasos plásticos, al Barrio Universitario porque había un show en la explanada de la Biblioteca Central y después de la media noche había un espectáculo de Fuegos Artificiales que tenían preparados en el sector de la cancha de hockey. Los tiraron muy bajos y las brasas caían aún encendidas sobre las cabezas, al menos esa era la sensación. El disparo se sentía atronador, recuerdo que me sentí como si hubiese estado como en un bombardeo aéreo. Me imaginaba Berlín en el '45.
Pero lo que recuerdo como más divertido fue que toda la gente que había llevado champaña, comenzó a destapar las botellas haciendo saltar a la distancia los corchos para que les cayeran encima del mate a cualquiera que no los esquivara a tiempo. Cuidaaaaado, un corchoooooo!!!!
Muy desgraciados pero divertido. Me reí N.
Creo que ese año '94 fue el último que se celebró en la U de Conce.
Después comenzaron a tirar lo Fuegos del puente Viejo, después del Llacolén y ahora desde la costanera.
Es una lata.
En la U era más choro, más seguro al menos y se podía ir a patita, no era necesario tener auto.
El mejor Año Nuevo que recuerdo fue el del '96 para el '97. Fue una reunión familiar entrañable. Todo se dio para que coincidiéramos y nos pudiésemos reunir en los Lleuques. Fueron como tres o cuatro días de comer y comer. Que manera de patachar. Al desayuno pailas de huevos frescos con tortilla de rescoldo calentitas, y a media mañana, antes del almuerzo, el desayuno escolar: harina de avellana con azúcar y malta Morenita. De almuerzo porotos granados con asado a la olla y ensalada de tomates, pastel de choclo, humitas, tortillas de rescoldo. Después de la siesta, jugar a la sombra de los olmos unas manitos de carioca con todos mis tíos, hermanos de mi abuela, recordar viejos versos, letras de canciones, e historias geniales, amenizadas con unas cervecitas heladas y tajadas de sandías con harina tostada. Para rematar, en la tarde con la fresca, ir a preparar el fuego en el asador para tira a las brazas unas carnecitas. Recuerdo que alguien había llevado un costillar de cordero y que estuvieron dándole vuelta en no sé cuántos turnos, de hombres, como por más de tres horas, luego llegaron las mujeres, que habían dicho que ellas no comían esas cosas porque según ellas la carne de cordero sube el colesterol pero que al final dieron cuenta de las costillas y no dejaron casi ninguna para los que estuvieron desde el principio dándole vueltas disciplinadamente al fierrito caliente del espiedo. Jajajaja!!! Nunca sabes para quién trabajas, cierto?
Lo lindo y especial de ese Año Nuevo fue que fue el último en que estuvimos todos reunidos, antes que comenzaran a morir los tíos viejos. Fue realmente inolvidable.
Los Años Nuevos mejores de mi vida, supongo que son los que están por venir.
Feliz Año 2011 para todos mis amigos. Un abrazo muy grande!!!!!!
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jueves, 30 de diciembre de 2010
martes, 7 de septiembre de 2010
Mis mascotas.
Hace tiempo que no pensaba en mi infancia.
He estado ocupada en pensamientos más contingentes, de mi mundo interior, disparatando con cosas del amor que aún me tienen un poco dispersa.
Mi infancia.
Supongo que no fue ni buena ni mala, simplemente fue. Siempre estuve un poco apurada por crecer luego, así que no le tomé mucho el peso mientras duró.
Quién lo puede hacer realmente.
Cuando se es chica no se piensan en esas cosas. Lo que importan son cosas que ahora son triviales pero que, en ese entonces, parecía que no iba haber un mañana y eran de suma trascendencia.
De niña fui solitaria, hija única.
Siempre prefería jugar con animalitos de peluche más que jugar con muñecas, me parecían tan tontas, no hablaban, no se movían por si solas, había que cepillarles el pelo, no les encontraba la gracia. Bueno, los peluches tampoco, pero me hacían sentir más ternura, más cariño.
Cuando tuve más edad, por ahí como a los ocho años, mis papás me permitieron tener una mascota de verdad, ante el previo compromiso juramentado de hacerme cargo de su alimentación, cuidados y aseo.
Primero, tuve un conejo blanco de ojos rojos, que era tan tonto como las muñecas, lo único que sabía era rasguñarme entera para zafarse de mis brazos y cuando lograba saltar a tierra se metía detrás de las matas de rosa del jardín y quedaba aún más rasguñada con las espinas tratando de atraparlo para meterlo a su jaula, antes que se comiera las plantas de mi papá y me fuera a retar por haber soltado al conejo.
Nunca supe realmente qué pasó con el conejo. Se escapó, al parecer cavó un forado por debajo de la tapia y se pasó para el otro lado.
Al poco tiempo una tía me regaló un cuye, una clase de roedor tan corto de alcance como mi conejo, sólo sabía satisfacer sus necesidades básicas sin interesarse mucho por mi presencia.
Tiempo después, luego de un par de años, murió en su jaula, de razones desconocidas.
Cuando tuve 10 años mi papá me regaló un pekinés que me robó el corazón. Fue mi animado compañero de juegos por muchos años.
Mientras estuvo solo era amo y señor de la casa. Cuando le trajeron una pareja, partió cascando para fuera, a vivir al patio en una casita que mi abuelo le construyó.
-Casado, casa quiere-, dijo mi mamá. Quién le iba a replicar.
Era un príncipe, tan chiquitito pero tenía unas ínfulas de gran señor que eran muy divertidas de observar. Era lindo, ignoro si era 100% puro, pero tenía una carita armoniosa, la quijada en su lugar, nada de cajón mal cerrado, y sus ojitos eran proporcionados, no de ojos saltones y como desorbitados.
Mi pekinés murió cuando yo tenía veintiséis, alcanzó a conocer a mi labrador cuando llegó de dos meses. Ambos lograron coexistir por algún tiempo hasta que mi oruguita se apagó como la llama de una vela a la que ya no le queda sebo para combustión.
Mi perro actual, es un compañero de largas caminatas al aire libre por el campo,sin correa. Es aún un poco loco aunque es bien obediente. Es casi como una persona, entiende todo, sólo le falta hablar aunque no lo necesita, expresa lo que quiere con la mirada. Son tantos años ya, que manejamos cierto código que ambos entendemos. Es un perro adorable.
Supongo que de algún modo influyó haber tenido una infancia así para sentir ahora que si me hacen elegir entre salvar a los animales en peligro extinción o remediar la hambruna en África, prefiera salvar a los animales.
Siento tener más felling con los perros y caballos que con las personas, muchas veces.
Como dijo alguien, una vez: " Mientras más conozco a los Hombres, más quiero a mi perro".
jueves, 5 de agosto de 2010
I can't stop loving you.
Es inútil, cualquier intento que hago por olvidarlo no dura más de un par de días y luego recaigo retrocediendo, pisando sobre las huellas aún frescas en el barro que dejé al pasar ya por ahí mil veces antes.
Necesito tomar distancia, alejarme, ojalá pudiera hacer ese viaje ahora. Poner al mundo entre medio a ver si así logro sacudirme su recuerdo de mi cabeza.
No sé si sería una coincidencia o entendió lo que escribí cuando me refería a la mirada que me atraía como un abismo y cambió la foto de su perfil, quitó esa mirada que me perdía en el vacío de mis propias fantasías.
Debo ser yo, me siento un poco loca, confundida, sola cansadamente sola.
Y él le daba sentido a mi locura haciéndome sentir cuerda, lúcida, brillante, a ratos genial.
Ahora sólo me siento aburrida de ser siempre tan sensata, tan correcta.
Quería perderme un poco, tomar un riesgo controlado como meterse a un río torrentoso con una cuerda atada a la cintura y el otro extremo amarrado a un grueso tronco de la orilla.
Por qué nunca logro hacer algo realmente loco?
No va conmigo, no está en mi naturaleza.
En qué irá eso?, en la crianza, en la genética, en haber leído demasiados libros, en haber visto demasiadas películas, o todo junto y que sumado resulta alguien como yo, que tengo la conciencia de que la vida no es un guión de cine, aunque a veces deseara que la realidad superase la ficción, por el simple capricho de salir del tedio que me provoca una rutina plana como el electrocardiograma de un muerto.
Mi vida nunca ha sido una teleserie, tal vez por eso necesité siempre que me contaran cuentos para quedarme dormida, leer libros, o ver películas. Necesitaba llenar con historias, aunque fueran inverosímiles, mi propio vacío de una vida propia. Colmé el almacén con imágenes ajenas, y esta vez, cuando la vida verdadera me saltó directo al rostro, como un payaso desde una caja de sorpresas, me asusté y corrí a esconderme detrás de las polleras de mi mamá.
Yo que me cría tan gallita y no soy más que una despreciable cobarde.
Ha sido una falta imperdonable, una mancha en mis papeles, imborrable.
Ya no tiene caso insistir avanzando por esa zenda, sólo quedan huellas en el barro, un rastro que llega sólo hasta ahí, justo en el medio de la nada. Y no quiero perderme.
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