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lunes, 29 de noviembre de 2010

La rana.

Tal como las frutas que cuelgan de los árboles, la vida no es perfecta.
Sólo el lado que da de cara al sol es el que madura primero, y se torna dulce y jugoso, perfecto.
Pero, válgame, el lado que se desarrolle a la sombra, porque ése será siempre desabrido, ácido o amargo.
A veces, en la vida las cosas resultan bien por un lado pero por otro, no.
Por qué cuesta tanto encontrar el equilibrio?
Por qué las cosas no pueden ser más perfectas, que fueran al menos como deseo que sean?
Y lo peor es que las cosas que resultan bien, pierden importancia porque todo el sentido de importancia que podían tener, lo tenían sólo en relación a esa otra parte que por A, B o C motivos, dejó de funcionar, de un momento a otro, sin un buen motivo aparente.
No entiendo nada.
Qué estoy haciendo mal?
Soy la rana de la fábula.  La rana acaba muriendo a causa del veneno que el escorpión le inocula, porque el muy "escorpión" no puede evitar su propia naturaleza.
Y no quiero ser la rana.

sábado, 27 de noviembre de 2010

La Corrida.

La mañana amaneció nítida y radiante.
A mediados de julio, el verano, gobernaba sobre los campos y a la distancia, en todo su esplendor, reverdeciendo los prados  y cultivos que desde el aire perecían colchas de patchworks.
No había podido dormir en toda la noche, pensando, tratando de recordar todos los consejos oídos a lo largo de toda su aún corta vida.
Hoy era el día en que cumplía 18 años, y los cumplía justo el día en que se celebraba en el pueblo mayor una gran fiesta.
Se sentía muy ansioso de sólo pensar que hoy sería el día que había estado esperando toda su vida.  Hoy, era ese gran día, el día en que se sometería a la gran prueba que todo bien nacido en aquellas tierras, debiera pasar, al menos una vez en la vida, siguiendo la tradición que, por generaciones de hombres en su familia habían desafiado a la muerte en un par de ojos oscuros y brillantes.
De todos sus primos y hermanos mayores que hoy correrían junto a él, algunos lo harían ya por segunda o tercera vez. Algunos de ellos habían sufrido pequeños accidentes  en su primera experiencia, que les habían dejado cicatrices en rostros, brazos y piernas que presumían orgullosos antes las chicas del pueblo cada vez que tenían la oportunidad.
Definitivamente hoy sería un día memorable, lo podía sentir, el día en que se haría hombre, uno digno de llevar el apellido de una larga estirpe de vencedores de la muerte.


Clareando aún el alba, se levantó de un salto de su tibio lecho y salió al campo descalzo, sintiendo la hierba mojada por el rocío en la planta de sus pies.
Una gloriosa aurora que derramaba luz como varillas de oro sobre las praderas, le hirió la vista pero pronto acostumbró los ojos a esa luminosidad exquisita con que lo recibía el día.
Se adentró aún más en los dominios de la hera para sentir mejor la briza pura y aún fresca de la mañana, dejando que el aroma a yerbabuena le penetrara por los poros hasta la sangre.
En un íntimo e improvisado rito de comunión con la Natura madre y Dios, se despojó de su pijama, plantándose frente al sol, bien firme, con los ojos cerrados, al tiempo que respiraba y exhalaba profundamente con los brazos extendidos en cruz, dejando que el gélido aire matutino le llegara al espíritu.
Podía sentir que estaba a punto de ser testigo de un acontecimiento sobrenatural.
Permaneció así, inmóvil, erguido  y tenso respirando profundamente hasta que un ladrido de perro, a la distancia, lo sacó de su místico trance.   Abrió los ojos y sintió pudor de haber sido sorprendido desnudo. Se puso rápidamente el pijama, pero luego comprendió que nadie más estaba cerca, que todos los demás dormían plácidamente aún.


Al rato, lentamente, el resto de la familia fue despertando y cada uno se fue incorporando a sus tareas habituales, las acostumbradas para echar a andar el día y la casa.
Los campeones del clan, esa mañana, recibieron doble ración de un desayuno energizante que por generaciones se venía repitiendo sin que nadie se atreviera a modificar en un ápice la cantidad de tocineta en los huevos revueltos sobre la tortilla que le correspondía a cada uno, acompañando a medio litro de leche con miel que quemaba la boca del estómago de lo caliente y relajante que estaba.


El camino de la casona hacia el pueblo estaba atestado de coches, carretelas, automóviles y hombres a caballo que como romeros en una procesión, avanzaban lentamente.
Las mozas más guapas, saludaban desde las puertas y ventanas de los balcones de las casa a la orilla del camino principal, agitando pañuelos rojos que luego lanzaban al aire, con la esperanza de que un atractivo soltero y buen partido, lo atrapase en el aire y se lo atase al cuello en señal de buena suerte. Según la creencia popular, el desafortunado que no lo cogiese al vuelo, debía dejarlo en el suelo, si quería evitar ser herido de gravedad.
A la altura de la mitad del pueblo, se detuvo ante el balcón de la muchacha de la que se había sentido enamorado desde la primera vez que la vio cuando la profesora la presentó en clases de quinto grado. Esperó a que se asomara por la ventana a ver si le aventaba una pañoleta. Su sorpresa fue mayor cuando la vio más bella que nunca con un gran pañuelo de seda  rojo en las manos.
Ella parecía buscar a alguien entre la multitud, sus ojos se perdían escudriñando los rostros de miles de hombres que como caravanas de hormigas desfilaban bajo sus pies.
Se animó a acercarse y a llamarla por su nombre en voz alta. Ella, se volvió con una gran sonrisa hacia donde él se encontraba de pié en medio de la multitud que en ese momento pareció desaparecer del todo.
Se llevó la pañoleta a los labios sellándola con un beso de amor y se la lanzó al viento, sin decir algo, sólo sonriéndole como una mañana asoleada.  Las brisas de la fortuna guiaron el vuelo del paño hasta las manos del enamorado, al cogerlo se llevó el pañuelo a la nariz para embeberse del aroma a beso de su amada, y sin perder tiempo lo ató a su cuello. No hubo tiempo para despedidas, los corredores que por un momento parecieron respetar ese mágico momento, comenzaron a avanzar arrastrándolo con la corriente.


Al llegar al pueblo, por el extremo opuesto a la Arena Mayor, sobre un gran escenario, construído varios días antes, ya estaban las autoridades esperando para darles la bienvenida a  los participantes locales, nacionales y a todos los extranjeros venidos desde las partes más insospechadas del planeta a vivir una de las más locas y adrenalínicas de las experiencias de vida que aún se mantienen vivas desde tiempos inmemoriales.
Las callejuelas del pueblo lucían atestadas como si hubiesen sido diseñadas para hacer de represa y contener así a ese inmenso río humano blanquirojo que amenazaba con desbordarse en cualquier momento mientras aún se mantenía contenido a la espera de que la voz de  largada fuera dada.
Todo aquel flujo estancado palpitaba ascelerado y al unísono, queriendo sentir la sensación de tener a la muerte pisándole los talones, desafiarla y reírse de ella; medirse así mismos, probarse ante sus propios límites; descubrir y probar por sí mismos lo que dicen se siente; sentir la adrenalina galopando frenéticamente por las venas.


Él esperaba probarse así mismo y averiguar si estaba hecho del mismo material que sus hermanos y  primos, pero sobre todo, si había heredado el mismo temple de su padre, de su abuelo y de todos sus antepasados. Quería sentirse parte de una historia con tradición familiar colmada de hazañas fabulosas que eran ya leyenda en toda la región. Quien no conociera los méritos de sus ancestros, no era natural de la zona.
Correría hacia delante, con todas las fuerzas sin importar qué. Le sacaría a lo menos, dos cuadras de ventaja a la primera bestia que le siguiera, y luego, a una distancia prudente, quería verle a los ojos.


Largaron a los toros.


Se podían oír  los cascos, a lo lejos, en el empedrado, acercándose con estrépito, mezcla de furia y espanto.
Los hombres, los ubicados al último de la larga manga de gente, empezaron la partida, corriendo y gritando, alertando a los demás. Entonces, el río que amenazaba con desbordarse, cobró vida de improviso y se desbordó, torrentoso, imparable, fluyendo con fuerza y velocidad.
Cuando los animales de la avanzada, penetraron las filas de la retaguardia se inició el descontrol generalizado, sintiéndose los primeros alaridos de horrendo dolor, contabilizándose, así, las primeras bajas en acción.
Las estrechas calles se convirtieron en un tramposo laberinto para los despavoridos individuos que tratando de arrancar sin espacio improvisaban un escape como fuera, trepándose a  balcones, colgándose de carteles aéreos, amparándose en los portales de tiendas y mamparas que algún comedido vecino dejaba entreabierta para el refugio de un corredor desesperado.
Las cuadras parecían eternas, las esquinas parecían no existir, detenerse a pensar por dónde ir durante un segundo le podría haber costado la vida, había que pensar más rápido de lo que las piernas pudieran correr. Mientras no hubiese espacio para que la gran masa no pudiera difurcarse, no habría espacio suficiente.
Todo era válido para sacarle el cuerpo a las bestias desbocadas que les venían persiguiendo más asustadas y confundidas que preocupadas de cornear a un tropel de insensatos.


Tal como lo había imaginado, llegó un momento en que la distancia y la ubicación en la que se encontraba le eran por completo propicias.
Se detuvo en medio de la avalancha de rostros anónimos que se abrieron, pasando por su lado a cientos por segundos, pudiéndolos sólo percibir cómo ráfagas tibias de aire zumbándoles por las orejas.


Un macho, negro y lustroso, con enormes ojos oscuros inyectados de rayos y centellas, le fijó ante su mirilla calculando distancia y fuerza para ensartarle los cuernos, justo en el centro del cuerpo.
Sin perder la calma, pacientemente esperó a que el hermoso ejemplar se acercara, sin quitarle los ojos de encima.
El animal se vino con la cabeza gacha, en línea recta, sin despintar el blanco de su objetivo, dispuesto a llevarle por delante, elevarle al cielo con alma y todo, como una pelota en la cabeza de un goleador, y rematarle con su puntiaguda cornamenta en la caída.


Ya a menos de media cuadra de distancia, se aflojó el pañuelo rojo del cuello y lo extendió, agitándolo como una banderilla. A un metro de distancia, lo usó de capa y el toro pasó burlado por de bajo.
Se vio una promesa de muerte en los ojos de la gran bestia. Se dio la vuelta ante el asombro de todos los espectadores, corredores que ya habían abandonado el reto y que apostados a los costados transformaron la calle en un ruedo románico.
El improvisado gladiador, aún incrédulo de estar dando tamaño espectáculo, entre vítores de algarabía y aplausos de ánimos, se aferró a cientos de años de instinto sobreviviente, logró rearmarse como un torero consumado y sintió que lo invadía una valentía que lo recubría de una fortaleza hasta ahora desconocida para él, que jamás creyó ser capaz de poseer.
Miró fijamente a los ojos del magnífico animal que bufaba raspando los adoquines con una de sus pezuñas delanteras.
Sería un duelo a muerte entre un par de ojos dominantes, filosos como espadas, y de otros que se negaban a ser dominados, peligrosos y certeros como puñales.
La indómita bestia con los ojos entintados en sangre se lanzó al ataque. Al mismo tiempo que él quitó el pañuelo rojo del medio, dejándolo volar en caída libre hacia el suelo. El animal desconcertado perdío por un segundo el foco de su concentración, segundo vital en que el cumpleañero aprovechó para tomar al confundido toro por los cachos, torciéndole la cabeza al extremo de obligarle a doblar el cuello de tal forma que acabó en el suelo sobre el toro.
El toro vencido en su orgullo se levantó en cuanto se sintió libre de presión. Miró al muchacho reconociéndole como a un digno y noble rival  y  en señal de paz, bajó la cabeza y la volvió a subir. Se dio media vuelta y continuó su carrera, calle abajo.


Al darse por terminada la corrida, en la ceremonia de clausura en la que participaba todo el pueblo, el alcalde proclamó oficialmente al muchacho, que cumplía ese día 18 años, como el vencedor de La Corrida, hasta el año venidero.


La celebración fue en grande y  la tomatera, también.


Al pasar la euforia y la efervescencia del triunfo, pensó: -Ahora, puedo tomar, también, a la vida por los cuernos-.

martes, 23 de noviembre de 2010

La Carioca de la vida.

Cuando la vida parece escribirse sola, siento que sólo quiero ser testigo.
Cuando me parece que se necesita una fe de erratas, me comen los dedos por reescribir y enmendar lo que siento no está bien.
Pero cuando las cosas que suceden esperan que yo sea quien dé el primer paso, me tomo al menos mi tiempo para evaluar cuál y cómo será ese próximo paso que necesito dar.
Tengo muy claro cuáles son los próximos pasos, tengo más o menos el naipe armado en mi mano, me faltan algunas cartas que espero me salgan en mi turno desde el maso para completar las escalas, porque esta vez apuesto a las tres escalas, para irme de una y dejarlos a todos arriba, jajajajajaja!!!
Me encantaba hacer eso, todos juntando sus cartitas para bajarse con una escala y un trío o ratoneando con los dos tríos, o dejar arriba a quien estuviera juntando tríos de reyes, ases, queenas y jotas e irme de una con los cuarto tríos o las tres escalas.
Eran buenos esos tiempos en que por las noches de verano nos sentábamos a jugar Carioca en familia, y no faltaba quien se picara cuando perdía.
Yo aprendí  a saber perder cuando fui parte del equipo de Ajedrez del colegio, a dar la mano aún con una derrota insierne, a veces cuando consideraba que había perdido por un error que cometí por atarantarme mucho y tocar una pieza en vez de otra y como la regla es "pieza tocada es pieza movida", me enojaba conmigo misma, y me juraba no volver a cometer el mismo error, entonces, me tomaba el próximo juego con más calma, controlando mi ansiedad de ganar la partida. Miraba a mi contrincante decidiendo si era ganable o no, si decidía que le ganaba sólo por algún detalle visible para mí que le hacía ser ganable, le ganaba. Si  de algún modo me lograba intimidar, sólo de presencia, inevitablemente perdía.
En qué irá?
Ganar o perder. Qué se pierde cuando ser pierde?, qué se gana cuando se gana?
Habrá algún cambio químico de orden hormonal, o algo por el estilo que haga la diferencia?
En qué afecta, cuando lo que se gana o se pierde no tiene mayor trascendencia?
Es el hecho, es el orgullo, es el ego? Qué?
Cuestión de suerte o prestigio?
Pero cuando se tienen todas las intenciones de hacer las cosas bien, lo mínimo que espero de la Carioca de la vida es que me ponga las cartas precisas en el maso para bajarme con honores y completar mi proyecto de vida.
No es pedir demasiado, o sí?

lunes, 22 de noviembre de 2010

Enamorada?

Enamorada, Yo?
Ja!
Sí, creo que sí. Sí. Definitivamente, sí. Lo estoy.
Y es raro, muy raro. Nunca me imaginé que me pudiera suceder a mí. Es decir, en la vida me he enamorado un par de veces, pero de esos amorcillos que se sabe no van a ningún lado, algo parecido a esos brazos de ríos que se pierden entre la subidas y bajadas pero que  nunca van a dar al mar.
Ahora, siento que es totalmente distinto, nunca me esperé ser querida de vuelta, tal como siento yo querer.
Es un sueño del que jamás quisiera despertar en la vida entera.
Cuando me preguntan cómo estoy, tiendo a responder: -bien, feliz!!!
En los papeles oficiales cuando piden hacer una X en una casilla para indicar estado civil, deberían incluir entre soltera, casada, o viuda, la casilla de "enamorada".
Es un estado de ánimo, pero también es un estado de algún modo de estar en el mundo, de ver la vida, de hacer las cosas con más ganas que de costumbre, de abstracción, de distracción permanente, de pisar a 10 cm del suelo, de que ya nada importa lo mismo que antes, que las cosas son como son y si pueden ser mejor que bueno, pero tampoco importa mucho si no lo son.
La sonrisa se me sale sola por los ojos, no puedo contener la buena onda que me aflora del alma, y sin embargo siendo otra soy la misma.
Como dice Leonardo Fabio: " hoy, yo, quiero a todo el mundo y todo el mundo, me quiere a mí".
Pero Dios los ampare, de que algo no ande bien, porque mi ánimo se vuelve de unas malas pulgas feroces,
y no lo puedo evitar.
Y es lo raro, yo no solía ser así.
Mi ánimo era  más o menos plano, más bien fóme, gris, en el centro 0 de la recta.
Pero ahora que el ecualizador está encendido, fluyo de estado anímico según los bajos y los altos que me toquen de fondo, me muevo según los agudos y graves de los dimes y diretes del amor.
Me muero por mi arqueólogo-entomólogo que me ha descubierto y me hace sentir no como un bitxo raro, si no como uno muy especial.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Talento, se hace o se nace?

Qué fue primero, el huevo o la gallina?
Se nace o se hace?
O es "1% de talento y 99% de esfuerzo", como decía mi profesora de química en el colegio.?
Según los científicos actuales han descubierto que primero ha sido la gallina. Pero yo insisto, primero fue el huevo.
Y me atrevo a afirmarlo por una razón muy simple. La gallina es un ser vivo evolutivo, descendiente de los reptiles, como todas o la mayoría de las aves. Cómo es que esta evolución fue posible, cómo especies de sangre fría pudieron decantar en especies de sangre caliente? Es un misterio. En las patas de las aves se puede apreciar el ancestro, esas patas escamosas son muy similares a las de una salamandra, o iguana, lo que sea, pero que sea reptil con patas. Y siendo así, los reptiles, ya se reproducían, mucho antes que las aves, por huevo, por lo tanto, es fácil deducir sin temor a equivocarse que primero fue el huevo y no la gallina, o no?
Con lo del talento, es más difícil determinarlo. El que nace genio, nace y no hay vuelta que darle.
Pero esos son los menos.
Yo creo que la mayoría nacemos con ciertas habilidades, pero como al 20% de la carga, algo así como la que traen los celulares o los notebooks, una carga inicial que solo permite echar andar el aparato y programar lo preciso para volverlo a encender cuando se le agote esa mínima carga.  Si no se enchufa a un toma corrientes, una vez ida la carga, no sirve para nada.
El talento, creo yo, es similar.
Si no se cultiva, si no se carga, si no se hace crecer con experiencias significativas, no sirve para nada.
Al talento hay que exigirlo, gastarlo para que con el roce igual como a un carbón de diamante, de tanto pulirlo, brille y muestre toda su gran belleza oculta, y cobre todo el valor que posee.
Para quienes creemos tener cierto talentillo en el arte de las letras, no queda más que escribir, escribir y escribir, pensar, pensar, pensar y vivir, vivir, vivir y vivir. A ver si de tanto vivir, pensar y escribir, sale algo más o menos interesante, digno de ser publicado.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Sueño en verde y azul.

Verde y azul.
El verde del follaje de los árboles, en todas sus gamas, en todas las estaciones, desde el amarillo pasando por los rojos en todos sus tonos hasta llegar al café,  pero prefiero el verde, ese intenso, oscuro o claro, pero verde como la vida misma en todo su esplendor.
El azul, del cielo despejado de nubes, en el agua como un gigante espejo que refleja el celeste azuloso de un cielo limpio, pero ese azul turquesa o verde petróleo del agua por efecto del verde de la orilla, es glorioso.
Aún con un día nublado, los tonos son un encanto. La masa acuosa grisácea a los pies de un masiso boscoso verde botella franjeado en el tope por un manto de nubes blancas sombreando quebradas y cimas, es un deléite para cualquiera que disfrute de la vida al aire libre.
Si tuviese que escoger un lugar para vivir, elegiría un paisaje de montaña, pero lejos de las consecuencias de una erupción volcánica porque en un país sísmico como éste es un riesgo constante, por eso  vivir mirando hacia el mar de cerca tampoco me convence.  No invertiría en una propiedad cerca del mar ni de un volcán, tampoco en terrenos que tengan problemas con la falta de agua.
En fin.
Existirá algún lugar en este mundo dónde sea un paraíso para vivir?
O el paraíso lo hacen las personas?
El paisaje hace mucho, creo yo. Marca y determina el tipo de persona que podemos llegar a ser.
Para criar una familia, un entorno armónico hace hijos libres, sanos y felices que a la larga serán por consecuencia, ciudadanos libres, sanos y felices.
Países con paisajes llenos de verde y azul tienen mayor índice de satisfacción entre su población, todo el sistema funciona mejor en un entorno así de hermoso y agradable. Pero, hay que considerar no sólo el color del entorno, sino también el clima.
No da lo mismo un clima frío de montaña a uno húmedo y caluroso como el del Amazona.
Si se piensa bien, los países que tienen territorio en la Selva amazónica, son complejos, y los territorios  que están dentro de la Selva misma, son más atrasados que el resto que está fuera de los deslindes selváticos.
El clima y la geografía, determinan la economía y el desarrollo de los pueblos y también la ideosincracia. No sé si los economistas toman en cuenta este dato para hacer sus cálculos y proyecciones a la hora de ver el mañana a años luz de distancia y jugarse el futuro de las personas en la bolsa de negocios de Londres o de Nueva York.
Como sea, sólo espero que aún exista mundo para criar a una próxima generación libre, sana, confiada, segura y feliz.
Sueño en verde y azul.
Una cabaña en medio del bosque o con una sencilla casa en medio de una pradera, una mezcla entre la pequeña casa en la pradera con la cabaña del abuelo de Heidy, con un viejo abeto y un inmenso perro, no necesariamente un san bernardo llamado Niebla, me conformo con mi viejo labrador; mi petardillo y una ristra de críos corriendo felices entre los prados y arbustos, aunque en menos cantidad que la familia Von Trapp.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Que veinte años, sí son algo.

No extrañé ni mi cama.
Debe ser porque me encanta viajar.
Eso de la aventura, de no saber qué pueda pasar, casi como apostar a perderlo todo pero con la convicción de fondo que nada malo sucederá.
Confiar en el radar interno, navegar por intuición, elegir entre ir a la derecha o a la izquierda, escoger un restaurante en vez de otro, elegir un plato de la carta, el postre y no arrepentirse, hacer la mejor elección como si se tratase de la vida, de hacer la mejor elección de todas.
No me equivoqué en nada, cuando escogí algo, lo hice a conciencia, considerando la recomendación del garçón, o del chef en persona, no me dejé llevar por los nombres, sólo por los ingredientes. Lo demás fue pura cachativa, por tincada.
Nada de cervezas industriales, puras artesanales. Y a lo que le venía más el vino, con una buena copa.
A media tarde, unos heladitos, probar sabores raros como mascarpone, kimoto o sigomoto, ya no recuerdo, samboyano y darle a los de chocolates, incluído el de chocolate blanco.
En la tarde, un chocolate caliente con cogñac, con tortas varias. Una, que era una delicia, con biscocho de chocolate con ciruelas, crema de frambuesas, bañada en un chocolate bitter delicioso.
En un sencillo local, fue donde comí la mejor once de todas y por un módico precio, salado y dulce:
Una pascualina de zapallitos italianos, y esa torta, más un chocolate con cogñac, exquisito, justo en la esquina de Beschtedt con Moreno.
El chocolate con cogñac más cogñac que chocolate que me tomé fue en "El pinar", muy bueno.
El venado y las carnes de caza ahumadas, en la "Familia Weiss". Dato fijo.
Y las carnes a las brazas en "El boliche de Alberto", también para pastas, pastas el domingo a la hora de almuerzo, es perfecto.
Para comidas más rápidas pero muy buenas como un pechuga de pollo con salsa de  almendras, en "D.O.N.D.E.R.A".
En la"La Marmite", se come una muy buena trucha con salsa de almendras, las cremas también son buenas.
En general, en Bariloche se come muy bien.
Datos para chocolates.
Partiendo de la base que el mejor chocolate es siempre el que contiene más cacao puro y que se debe derretir más en los dedos que en la boca, que no debe apelotonarse antes de ser tragado.
Los mejores, al menos hasta ahora se encuentran en Torres, Mamushka y Benroth.
El Turista, es el más popular, los precios son más económicos pero no son necesariamente los mejores, pero sí son muy buenos los turrones.
Otro dato y valioso para paladares etílicos: cervezas artesanales como Diuka, el Bolsón, y Águila, creo que en ese mismo orden, son muy buenas, según mi gusto. Probé las negras, o Bock, porque me gustan más los sabores secos y fuertes, más que las rubias, también las rojas. Bueno, mi preferida, la reina de todas es una chilena: Kustmann y de las industriales, me quedo con la Heineken.
Como sea, ahora es tiempo de reorganizar mi horario y comer livianito a lo menos por una semana, para bajar un poco las calorías que consumí demás.
Lo bueno de Bariloche son sus calles en subida y bajadas, para quemar calorías, pero pucha que duelen las piernas cuando no se está acostumbrada a subir y a bajar escaleras. Pero el tránsito es una locura.
Sólo Dios impide que hayan más accidentes  de los que pudieran haber con lo salvaje que son los argentinos para manejar. No van a exceso de velocidad pero sí llegan y se tiran si calculan que alcanzan a doblar antes que el otro que viene derecho, porque estos llegan y pasan, y no porque no vengan, sino porque no viene muy cerca, esa es como la filosofía allá.
Para una que tiene cierto respeto por las normas de tránsito, me pareció caótico, pero de algún modo igual fluye, aún sin semáforos, signos pare o ceda el paso.
La gente, muy amable, muy simpáticos.
Me encanta como hablan, pero no se me pegó el acento. Ja!
Saqué mil fotos o más.
Lo que no me traje, lo documenté para no olvidarlo.
Resumen:
Muy lindo viaje.
Espero que no vuelvan a pasar otros veinte años antes de volver.
Que veinte años, sí son algo.
Quiero volver, pero con  meu amor.